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i de algo nos podemos sentir
orgullosos los tomelloseros es de la
riqueza artística y cultural que, desde siempre, ha tenido nuestro pueblo. De
ellos dan fe las obras de escritores, pintores, escultores..., de los que aquí
hablaremos y las de otros tantos que, por falta de espacio o por olvido, nos
dejaremos en el tintero. Por otro lado, es difícil explicar dónde nace esa
honda inquietud cultural que, desde siempre, han sentido nuestras gentes. Hay
que tener en cuenta que, hasta que se hizo obligatoria por ley la enseñanza
primaria, muchos niños y niñas apenas si acudían a la escuela porque tenían que
irse a trabajar al campo desde los primeros años, unos por necesidad y otros,
porque muchos padres consideraban que de la escuela sólo era útil aprender a
leer, escribir y las "cuatro reglas". Existía el convencimiento
generalizado de que para aumentar el capital familiar eran suficientes esos
conocimientos y la dedicación de toda la familia al trabajo en las viñas. Así
se puede comprobar que muchos de nuestros hombres
y mujeres ilustres tuvieran una formación insuficiente y autodidacta
que completarían únicamente después de demostrar sobradamente y con muchas
dificultades sus condiciones artísticas o
literarias. Esta circunstancia nos hace imaginar cuántos tomelloseros y tomelloseras vieron
frustradas sus inquietudes culturales por falta de formación y apoyo. Hablaremos
en esta sección de algunos de los consagrados pero en realidad deberíamos
hablar de los muchos artistas anónimos cuyas obras casi nadie conoce y cuya
formación autodidacta da aún más valor y causa más asombro.
Juan Torres Grueso, Nace
en Tomelloso, el 26 de enero de 1912, (1982) en el seno de
una familia muy ligada al mundo de la agricultura. Muy pronto abandonará los
estudios para trabajar en el negocio viticultor de sus padres, pero ello no le
impedirá seguir cultivando su inclinación por el mundo de los libros y la
lectura, lo que unido a su espíritu inquieto y sus ansias de saber le
proporcionarán una formación autodidacta y unos conocimientos literarios y
culturales inusuales en un joven que apenas ha tenido contacto con la escuela.
Junto a esa pasión temprana por la
lectura se va despertando en él su inclinación hacia la escritura. Su amistad
con el poeta José García Nieto, será
decisiva pues él lo anima a publicar en 1955 su primer
poemario "Tierra Seca" que en 1959 será reeditado y traducido al
italiano.
A partir de ese momento se incrementan
las colaboraciones que viene haciendo en revistas y periódicos provinciales, “Lanza", "La voz de Albacete"
para ampliarse a otros medios nacionales como "Arriba",
"Blanco y Negro" y "ABC" a los que les unirá una
estrecha relación que durará toda su vida.
En 1965 publica "Ahora
que estoy aquí" (poesía) al que le siguen "Estampas
de mi tiempo" (artículos periodísticos), los pliegos poéticos "El beso", "Mis gustos" y
"Elegía por la muerte del ferrocarril Argamasilla-Tomelloso".
Y por último, en 1969, se edita el libro de ensayo "Meditaciones
en Ruidera".
Fue becado, en los años sesenta, por
la Fundación Juan March para
escribir sobre la problemática de los emigrantes españoles
en Europa, viajando así por
diversos países. Fruto de ello dejó varias obras inéditas que la censura de
entonces le impidió publicar.
Junto a José
Antonio García Noblejas y Pascual A. Beño, funda y promueve las
Reuniones Literarias de "La
Colgada", en Ruidera, siendo éstas un importante foco cultural
de aquel momento por el que pasaron figuras como
Luis Rosales, Gregorio Prieto, Joaquín de Entrambasaguas, Manuel Alcántara,
Vicente Cano, Fina de Calderón, entre otros.
En 1963 fue elegido Consejero del
Instituto de Estudios Manchegos de Ciudad Real y
en 1976, el Ayuntamiento de Argamasilla de Alba le concede la Medalla de Oro de
la ciudad.
De 1967 a 1969 ocupa la Alcaldía de
Tomelloso dedicándose de lleno a numerosos proyectos que
supusieron un gran impulso social, urbanístico y cultural para su ciudad natal.
Junto a Francisco
García Pavón y Eladio Cabañero, Juan Torres impulsó y promocionó el
Certamen Literario nacional "Fiesta de las
Letras Ciudad de Tomelloso", de ahí que desde 1997 el Premio de
Artículos Periodísticos lleve su nombre y que, en agosto de 2002, el Excmo. Ayuntamiento le dedicase la LlI
edición de dicho certamen, coincidiendo con el veinte aniversario de su
fallecimiento.
Viajero impenitente, en septiembre de 1982 descansó para siempre en
Tomelloso, ciudad a la que tanto amó y a la que permanece unido más
allá del tiempo, a través de su poesía.
En el año 2003 el Ayuntamiento de
Tomelloso y la Caja Rural de Ciudad Real publican la obra “Poesía 1955-1982”
que reunió toda su obra poética.
Poema; Mi Deseo
Me moriré despacio
una tarde cualquiera,
llevándome en los ojos
mi sueño de poeta.
Tendré el paso leve,
suave como el agua
que en silencio besa
la raíz amarga.
Me dolerán las yemas de
los dedos
al tacto de la muerte;
Me dolerá la sangre,
me dolerá la sombra,
y la luz, y el paisaje.
Me dolerá la pena de
dejaros,
y las cosas de antes,
todo me dolerá en esa
hora
dichosa de encontrarme.
Será como la noche que se
pone
despacio en nuestra
carne,
será como la aurora, ya
infinita,
de otro día que nace.
Me moriré en la Mancha,
amigos míos.
En la mancha enterradme.
Al hablar de Juan Torres Grueso lo hacemos de un
hombre sencillo y humilde que pretendía convertir, lenta y cuidadosamente, su
vida en una obra de arte, fruto de su pensamiento y acción. Deseó ser un
clásico en su tiempo y se acercó. Podemos decir que en este sentido su
pensamiento permanece y parece que continuará intacto al cruel devenir
histórico. Hombre siempre, humano,
casi niño. Su casi completa concepción del mundo la desarrolla en los
pensamientos poéticos de su libro Meditaciones en Ruidera, que escribió entre
la primavera y el verano de 1958, en los montes de la Hormiga, en el entorno de
Ruidera y sus lagunas.
Juan Torres Grueso, hace una
relectura de su vida, desde la meditación interior que permite la soledad,
donde únicamente uno mismo ha de rendir cuentas ante sus propias acciones,
su propia historia. Para descansar su “cansado corazón”, su mujer es un alivio,
tanto como el apacible paisaje donde se desarrolla su reflexión en busca, como
veremos, de una esperanza eterna. Escribe una poesía
filosófica en prosa que penetra al lector, una poesía
que piensa y siente, que quiere la unidad de sentimiento y conocimiento. Sus
palabras son un llanto de alegría, un canto melancólico, al mismo tiempo
intensamente necesitado de vida. Como su obra, su vida tomó diferentes
direcciones, de acuerdo con sus inquietudes. Nació
el 26 de enero de 1912. Una beca le permite recorrer Europa y poder
conocer más de cerca los problemas que afectan a todo ser humano,
esencialmente. Así, se extrae de las palabras del poeta que la única patria del hombre es el mundo.
En la vida, destaca el valor concedido
a la sabiduría, que es para él la riqueza del alma, participando aquí del
pensamiento epicúreo. Se presentan sus ideas mediante una complejidad constante
a través de una dialéctica que no cesa y “se contradice
sabiamente como si fuese un haz maravilloso de caminos encontrados”.
Busca lo realmente importante en la historia de las pequeñas cosas, en el
continuo caminar cotidiano, que marca en el alma todo lo bueno y lo malo de la
vida, para que podamos aprender de ello.
Aparece en sus reflexiones poéticas
una recurrencia a la metáfora, que culmina con la esperanza en una firme fe
religiosa: “Dios guarda siempre, para el final,
todo lo mejor, lo llena todo, pero muchos no lo saben”. Los hombres,
para Torres Grueso, son volátiles como las nubes, pero tienen un destino,
¿dónde la libertad, dónde la necesidad? La vida tira de las almas hasta
dejarlas “sin la pobre y gastada carne que las viste y entretiene en la
engañosa diligencia de la vida”. Por lo tanto, hay que asumir el curso de los
acontecimientos y seguirlos. No es partidario de nadar contra la corriente, los
hechos son el mejor testimonio; el silencio efectivo es su mejor discurso, más
aún cuando la palabra no es útil. Para él, el paradigma de hombre valioso
moralmente es de firme vocación y apretada voluntad. En definitiva, una vida
sencilla y humilde, donde se hable sólo lo necesario para evitar conflictos,
puesto que en muchas ocasiones las palabras pueden provocar grandes disputas.
Siendo mejores sabemos más. Por ello,
ataca la avaricia y el egoísmo, admitiendo que, para él, su deber es antes que
su gana y su capricho, y de aquí se sigue que “el
trabajo es siempre para el hombre creador, un vino, que lo emborracha
iluminándolo”. La virtud “no crecerá si
engordamos la carne y damos comida flaca al pensamiento”. Habla de
un pensamiento que no tenemos que entender como conocimiento empírico de la
realidad total, sino como sabiduría que nos permita una situación contemplativa
al margen de las dificultades que se presenten, porque, a menudo, “a fuerza de querer entenderlo, terminamos por no
comprender nada: ¿Para qué? Sentir. Sí. Sentir sin razonar
alcanzando sólo el pobre conocimiento que nos llega de dentro, muy de dentro”. Toma la vida como
una preparación para la muerte. Desea imperturbabilidad, ser presuroso y precavido
en esta vida, no improvisar. Por lo tanto, lo mismo es sentimiento que
conocimiento en nuestro autor, puesto que, con el sentimiento mucho podemos
llegar a saber, “parece que Dios les dice a los
pastores que piensen mucho y que sientan con profundidad”.
La filosofía en Torres
Grueso quiere llegar a descubrir lo mejor que tenemos cada uno, como
salida a los problemas morales y al conocimiento del mundo. El hombre, donde se
encuentra verdaderamente, es en su interior. Debe recuperar valores frente a la
sociedad pragmática a través del diálogo.
Definitivamente, lo más útil y
necesario que puede tener el ser humano, es la esperanza. Sus ideas son un
constante balanceo entre la ética, a la que conduce una metafísica de la vida
feliz, todo ello originado en la lectura y el conocimiento, sin duda alguna, de
los grandes pensadores; pero también de lo más cercano a la vida, a su vida
sencilla como ciudadano del mundo en un lugar de La Mancha.
Poema; Así
será luego
Te mecerán los aires
en un vaivén continuo.
Se quebrará tu rama
sin verde y sin racimo.
Tu frente será un ascua
de sol y de delirio;
y el ayer y el mañana
serán uno mismo.
Te mecerá la noche
sin lux y sin latido.
Te mecerán los sueños
un sueño sin sentido.
Y sola,
dialogando contigo,
te irás por un sendero
que el tiempo hará
amarillo.
Y cuando, al fin, te
pares
en el recodo mismo
del tiempo sin medida


