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lunes, 17 de junio de 2019

HISTORIA DE LA ERMITA DE SAN FRANCISCO


E
Resultado del Informe de la Intervención Arqueológica en la Ermita de San Francisco.

l 17 de noviembre 2005, en la Sala Francisco Carretero de nuestro Ayuntamiento, tuvo lugar la presentación del Informe con los resultados de la intervención arqueológica realizada de abril a junio de 2005 en la calle Don Víctor Peñasco de Tomelloso, esquina a la calle Francisco García Pavón.
Derribo de la Ermita de San Francisco 
Este Informe, muy riguroso y documentado, ha sido realizado por Miguel Ángel Hervás Herrera, director del equipo de arqueólogos contratado por el Ayuntamiento de Tomelloso para el estudio de los restos humanos hallados con motivo de las obras de remodelación de la calle Don Víctor Peñasco.
A través de este artículo quiero hacer un breve esbozo de los resultados más llamativos de este Informe, a la espera de que Miguel Ángel Hervás pueda hacer una publicación de él como se merece, completada con un estudio del antropólogo forense en cuyo poder están hoy en día los restos.
Enterramientos en sagrado
La conclusión principal del Informe es que, como se suponía desde un principio, los restos hallados corresponden a enterramientos efectuados en lo que fue el suelo de la Ermita de San Francisco, edificio que estuvo en pie desde 1736 hasta 1936 y que hizo las veces de segunda parroquia de la localidad durante cerca de dos siglos.
Desde la Edad Media hasta mediado el siglo XIX fue costumbre enterrarse en sagrado, en el suelo bendito de las iglesias y lugares de culto. Tomelloso en este sentido no fue una excepción, pues ya sus primeros moradores se enterraron en su primitiva iglesia y luego más tarde en la actual Parroquia de la Asunción de Nuestra Señora.
Debido a que eran más los vecinos que querían ser enterrados en el interior de las iglesias al espacio físico disponible, las autoridades eclesiásticas establecían una tasa para aquellos que querían ser enterrados en un lugar sagrado, tasa que era más elevada cuanto más cerca se quería estar del altar. En casos excepcionales, los más acaudalados vecinos podían incluso comprar un gran espacio en el interior de la iglesia y erigir en él una capilla donde ser enterrados junto a sus familiares.
  Los que no podían permitirse el pago de esta tasa eran enterrados junto a la iglesia, en el cementerio, lugar también sagrado pero de menor categoría social que el interior de la iglesia. En Tomelloso, este cementerio se construyó junto a la iglesia, en lo que hoy es el principio de la calle Doña Crisanta Moreno, y permaneció en servicio hasta que el tamaño de la población y el número de enterramientos practicados lo dejó pequeño, debiendo habilitarse otro a la salida de la población, en lo que son hoy los jardines de la Glorieta de María Cristina.
Los enterramientos en San Francisco
Construida la Ermita de San Francisco en 1736 y puesta en servicio al culto en enero de 1737, es de suponer que desde esa fecha en adelante las personas devotas al Divino Rostro de Dios (nombre con el que inicialmente fue conocida esta Ermita) desearan ser enterradas en su interior.
Como el acceso a la Ermita se debía hacer por la calle Don Víctor (conocida en 1737 como calle Real del Calvario), se dispuso que su orientación fuera hacia el oeste, hacia poniente, situándose el altar en esa dirección y en contra del uso canónico habitual, con lo que los cadáveres que hubieran de ser enterrados, que lo eran mirando hacia el altar, tendrían la cabeza hacia el este, también en contra del uso habitual de la época y tal y como han aparecido en la excavación.
El total de fosas de enterramiento aparecidas ha sido 46, de las que 4, las más cercanas a los edificios, no han podido ser excavadas al haber sido destruidas antes de la intervención arqueológica, encontrándose en parte sepultadas bajo el bordillo del nuevo acerado. De las 42 fosas excavadas se han recuperado restos de 70 personas (36 adultos y 34 niños), la mayor parte de ellas completas, aunque con los huesos en muy mal estado de conservación.
Las fosas se encuentran dispuestas en alineaciones transversales ocupando todo el espacio de la nave de la antigua Ermita, en la que muy probablemente también fueran hechos enterramientos en su cabecera y crucero. En la nave fueron 6 las alineaciones que se hicieron de 8 fosos cada una, salvo la tercera que contó con 9. La longitud y anchura media de las fosas es de 1,83 metros y 40 centímetros, respectivamente, y su profundidad de 38 centímetros, encontrándose separadas unas de otras por unos 30 centímetros.
No han aparecido restos de lápidas ni de ataúdes, entendiéndose que el enterramiento se hacía directamente en la fosa, la cual era cubierta con tierra como única cerrazón. Los cadáveres se enterraban vestidos, lo que ha permitido recuperar a los arqueólogos elementos de su indumentaria como rosarios, cruces de cobre (todas del tipo Cruz de Caravaca), pendientes, pulseras, alfileres y medallones.
Más de la mitad de las fosas sólo contenían un único cuerpo, siempre un adulto, y en las demás aparece un adulto con uno o dos niños, salvo tres fosas consecutivas que contenían los restos de 4, 5 y 8 niños, respectivamente. Salvo en dos casos que se ha constatado que fueron enterrados los cuerpos simultáneamente, en el resto se hizo en distintas fechas, pero sin modificar la posición del cadáver anterior, lo que da idea de que tampoco había transcurrido demasiado tiempo entre una fecha y otra.
Un hecho muy significativo de los hallazgos realizados es que los cadáveres conservan la posición original de los brazos en que fueron enterrados. La mayoría de ellos con los brazos cruzados sobre el vientre o el tórax, y con las manos sobre los brazos o codos opuestos, o sobre los lados opuestos de la pelvis. Aunque también, curiosamente, aparecen casos con las manos sobre el pubis, sobre el corazón, o sobre el cuello, o combinaciones de algunas de estas. Los niños, en cambio, aparecen bien mirando al este, bien al oeste, siempre en un extremo de la fosa, y con las manos a ambos lados del cuerpo en su mayoría.
Por lo demás, el caso más sorprendente es el de una persona que presenta una pieza de cobre no definida sobre la cabeza, así como dos barras de hierro de sección cuadrangular por el interior de la caja torácica y en paralelo a la columna vertebral, barras que sin duda debieron introducirse en el cuerpo una vez muerto, pero antes de la esqueletización.
El foso de fundición de campanas
Aparte de estos restos humanos hallados, el Informe de la intervención arqueológica revela la existencia de un horno para la fabricación de campanas, localizado en el sector central de la nave de la Ermita.
Tiene planta circular y un diámetro exacto de 2 metros, con una profundidad máxima de 96 centímetros. En su centro se ha conservado la muela o planta sobre la que fue construido el molde, la parte inferior del macho (con la impronta del diente y de la planta de la campana) y la base carbonizada de la estaca vertical o barreta sobre la que pivotaba el peón de la terraja
La existencia de esta barreta demuestra que el molde de la campana fue construido directamente en el interior del foso de fundición, y no en una plataforma de moldeo independiente. Este sistema era el más frecuente en los talleres provisionales de fundición itinerante, donde normalmente no se disponía del sistema de poleas necesario para trasladar los moldes, una vez terminados, desde la plataforma de moldeo al foso de fundición.
Del estudio de estos restos el equipo de arqueólogos ha podido determinar el diámetro, peso aproximado y tipo de campana resultante. Así, la campana debió tener
85 centímetros de diámetro y un peso de alrededor de 300 Kg, lo que permite considerarla como una campana de tipo medio. Pertenecía, además, al tipo esquilón, por lo que se trataba de una campana de trazado largo y hombro estrecho, que mantenía su grosor prácticamente en todo su desarrollo y emitía notas agudas.
Este horno de fundición se construyó muy probablemente nada más ser terminada la Ermita, entre los meses de marzo a octubre de 1737, pues era en estas fechas cuando los maestros campaneros llevaban a cabo sus actuaciones itinerantes, y con el objeto de dotar de campana lo más rápidamente posible a la ermita recién construida. En cualquier caso, ya estaba fuera de servicio y completamente colmado con tierra cuando se  llevaron a cabo los primeros enterramientos.
Duración de los enterramientos
Los arqueólogos no saben a ciencia cierta hasta qué fecha se realizaron enterramientos en el interior de la Ermita de San Francisco, en cualquier caso piensan que tuvieron que cesar en 1849 cuando gubernamentalmente se prohibieron las inhumaciones en iglesias y cementerios que estuviesen dentro de poblado, circunstancia esta que también provocó que en el Cementerio de la Glorieta se dejase de enterrar a vecinos de Tomelloso y que se comenzara a construir el actual Cementerio, inaugurado en 1861.
No obstante, Rogelio Redondo Paulet, antiguo monaguillo de la Ermita de San Francisco,  ha comentado  que a finales de los años 20 del siglo pasado el suelo de la Ermita estaba por completo entarimado y que no había memoria alguna de que en ese lugar se hubiera hecho enterramiento alguno. Por otra parte, también he podido averiguar que durante buena parte del siglo XIX la Ermita estuvo abandonada, y que sólo con su reacondicionamiento en 1898 volvió a ser abierta al culto.
Este desconocimiento de las gentes de principios del siglo XX de haber sido usada la Ermita como lugar de enterramiento, y el hecho de que los cuerpos hallados en las fosas indiquen que no hubo reutilizaciones en distintas épocas de las fosas, hace pensar que San Francisco fue utilizada como lugar de enterramiento durante muy pocas décadas, probablemente desde finales de 1737 hasta principios del siglo XIX, o incluso finales del XVIII, que luego fue abandona durante décadas y que, finalmente, ya terminando el siglo XIX y una vez restaurada y dotada de un nuevo suelo de madera, fue nuevamente abierta al culto, olvidando su pasado.
De sus archivos, donde figuraría el nombre de los allí sepultados, no quedó nada. La tarde en que ardieron las imágenes de la Parroquia de la Asunción, también lo hicieron las de San Francisco, junto a sus respectivos archivos. La memoria de esos antepasados nuestros se perdió en la niebla de la historia. Sólo un nombre, el de Francisco García Castellano, a cuyas expensas se edificó la Ermita y que presumiblemente se enterraría en ella, cerca del altar, es el único que puedo aventurar para las 70 personas al menos allí enterradas.
En cuanto al destino de estos cuerpos exhumados, no será otro que formar parte de los fondos del Museo Provincial de Ciudad Real una vez hayan sido siglados e inventariados. También están sirviendo de base para que un antropólogo forense lleve a cabo un estudio paleoantropológico sobre ellos, el cual permitirá establecer la morfología de estas personas, diagnosticar sus patologías, determinar su grado de parentesco, concretar su modo de vida, así como compararlos con datos de otras necrópolis estudiadas de la Península Ibérica a fin de establecer las distancias biológicas entre esta muestra y todas las demás poblaciones.
Gracias a este estudio se podrá responder a preguntas tales como las siguientes:
¿Cómo era la vida cotidiana en Tomelloso en los siglos XVIII y XIX?, ¿cuáles eran las enfermedades más comunes que padecían?, ¿qué tipo de curaciones y cuidados recibían las personas enfermas?, ¿qué tipo de actividades realizaban en su vida laboral diaria?,
¿Provocaba su alimentación enfermedades carenciales, sobre todo en los niños?... Por último, al calcular las distancias biológicas entre poblaciones, se podrá calibrar el grado de aislamiento genético de estas diferentes comunidades.
Nuestro legado histórico
H
oy día, a finales de 2006, de San Francisco ya no queda nada, ni los huesos de los allí enterrados. Hasta 1936 fue una Ermita con su horario de culto, con sus catequesis para los niños y con sus comuniones en el mes de mayo. Luego, en unos pocos meses de ese año, el edifico desapareció por completo, y junto a él algunos de los restos de los allí enterrados. En su lugar quedó un gran anchurón que, con los años, incluso llegó a ser ocupado por las sillas y mesas de una terraza de un local cercano.
Los vecinos de la zona, ante el temor de que ese suelo sagrado pudiera ser alterado, violándose el antiguo lugar de culto, ofrecieron al Ayuntamiento de Tomelloso en 1962 una cantidad de dinero para que lo comprara a la Iglesia con la condición de que nunca se construyera en él. Aceptada esta propuesta, al poco se realizó un jardincillo con su fuente, en cuyas obras ya algunos restos humanos salieron de su entierro secular.
Circunstancia ésta que también se repitió en 1976, cuando al ir a fijar los cimientos del pedestal de la estatua de El Obrero se encontraron huesos humanos, y más tarde en abril de 2005, hallazgo este último que ha dado lugar a la actuación arqueológica que aquí he expuesto.
P
robablemente se ha hecho lo que se tenía que hacer con estos restos: llamar a expertos para proceder a su extracción y estudio, así como para indicar al Ayuntamiento de Tomelloso las recomendaciones a seguir para preservar el horno de campana encontrado y las fosas vacías de los enterramientos. Todo eso está muy bien y era así como había que actuar, pero a mí, aún así, me queda un mal sabor de boca al ver cómo hemos tratado la memoria de nuestros difuntos, cómo fuimos capaces de derribar y olvidar un lugar de culto en el que generaciones de tomelloseros oraron y levantaron sus súplicas, y en el que un buen número de ellos fue enterrado esperando un descanso eterno.
Somos un pueblo sin memoria histórica, a lo más que llegamos es a 80, 90 ó como mucho 100 años hacia atrás. Lo que fueron anhelos y deseos para nuestros mayores, sus esfuerzos y orgullo, apenas hace mella en nuestra forma de entender nuestro día a día, y si la hace, no lo suficiente como para que luchemos por su preservación, salvo honrosas excepciones.
Las cuevas de nuestro pueblo, que miles de manos durante más de dos siglos vaciaron de tierra en nuestro subsuelo, algo que hace único a Tomelloso en el mundo, están desapareciendo a marchas forzadas. De los bombos, en apenas 7 años han desaparecido cerca de 50 de los 295 que había en 1999. Nuestras chimeneas  alcoholeras, protegidas por el Pleno del Ayuntamiento en 1991, aún algunas se han derribado últimamente, las más dañadas, precisamente aquellas que debían de haber sido restauradas como tesoro que son. En 2001, el palacete residencia de la familia Carranza (“la casa de doña Rita”), situado en el Paseo de don Ramón Ugena, fue derribado, y también lo fue ese año la Ermita de San Isidro, de 1893, que fue la que dio nombre al actual Paseo de San Isidro. Hace poco, el brocal del pozo de la venta vieja del Camino Real fue retirado con una pala mecánica para ser llevado a la casa particular de un vecino de Tomelloso. Y de la Era del Maestro, junto al camino de Santa María, donde poníamos la “pólvora” en la Feria, ya casi no queda nada...
Nos escudamos en que Tomelloso no tiene historia, en que es un pueblo joven, es la excusa perfecta, es lo que hemos oído una y otra vez. Pero no es así, Tomelloso es tan antiguo como Pedro Muñoz y Argamasilla de Alba, apenas 70 años más joven que Socuéllamos y, por supuesto, más de dos siglos más antiguo que San Carlos del Valle.
Un ejemplo: la antigua plaza de toros de Tomelloso derribada a principios de los años 70 del siglo pasado, si hoy estuviera en pie, si en lugar de haber sido derribada se hubiera restaurado, hoy día sería de las más antiguas de España, pues se había construido en 1862. Si en Roma, y es una exageración, al poco de ser abandonado el Coliseo de su uso público, sus gobernantes hubieran decidido derribarlo porque ya no se usaba, no tenía valor histórico y entorpecería el urbanismo de la zona, no hubiera llegado a nuestros días con su legado de belleza e historia en sus piedras.
Para Tomelloso, su Coliseo son sus bombos y sus cuevas, sus chimeneas y sus eras; nuestro San Pedro es la Parroquia de la Asunción, San Francisco y la pobre y olvidada ermita de Záncara; nuestros viejos talleres son las antiguas bodegas, el molino de harina de San Isidro, los hornos de cal, las canteras, los palomares y los pajares; nuestras villas rurales son las decenas de quinterías que jalonan nuestros campos.
Estamos a un paso de perder buena parte de este legado, a un paso de perder el Tomelloso que nuestros mayores nos dejaron por no querer volver la vista hacia atrás, por nuestra indolencia asombrosa, por nuestra desidia hacia el pasado.

ENLACE; AVIARIO LARA SEVILLA
No nos damos cuenta de que el respeto al pasado no entorpece en nada el desarrollo de una población, es más, lo que hace es enriquecerla a vista de los demás y, sobre todo, a vista de sus propios vecinos. Si por el contrario lo derribamos todo, Tomelloso ya no será único como lo era, con sus miles de cuevas, sus centenares de bombos y su cincuentena larga de chimeneas, y cuando nos pregunten por nuestro pasado diremos otra vez lo de siempre, que Tomelloso es un pueblo joven, que no tiene historia, que no tenemos nada antiguo que enseñar ni conservar.



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