E
|
Resultado del Informe de la Intervención Arqueológica en la Ermita de San Francisco.
l 17 de
noviembre 2005, en la Sala Francisco Carretero de nuestro Ayuntamiento, tuvo
lugar la presentación del Informe con los resultados de la intervención
arqueológica realizada de abril a junio de 2005 en la calle Don Víctor Peñasco
de Tomelloso, esquina a la calle Francisco García Pavón.
![]() |
| Derribo de la Ermita de San Francisco |
Este Informe, muy riguroso y documentado, ha sido realizado por Miguel
Ángel Hervás Herrera, director del equipo de arqueólogos contratado por el Ayuntamiento
de Tomelloso para el estudio de los restos humanos hallados con motivo de las
obras de remodelación de la calle Don Víctor Peñasco.
A través de este artículo quiero hacer un breve esbozo de los resultados
más llamativos de este Informe, a la espera de que Miguel Ángel Hervás pueda
hacer una publicación de él como se merece, completada con un estudio del
antropólogo forense en cuyo poder están hoy en día los restos.
Enterramientos en sagrado
La conclusión principal del Informe es que, como se suponía desde un
principio, los restos hallados corresponden a enterramientos efectuados en lo
que fue el suelo de la Ermita de San
Francisco, edificio que estuvo en pie desde 1736 hasta 1936 y que hizo las
veces de segunda parroquia de la localidad durante cerca de dos siglos.
Desde la Edad Media hasta mediado el siglo XIX fue costumbre enterrarse en
sagrado, en el suelo bendito de las iglesias y lugares de culto. Tomelloso en
este sentido no fue una excepción, pues ya sus primeros moradores se enterraron
en su primitiva iglesia y luego más tarde en la actual Parroquia de la Asunción
de Nuestra Señora.
Debido a que eran más los vecinos que querían ser enterrados en el interior
de las iglesias al espacio físico disponible, las autoridades eclesiásticas
establecían una tasa para aquellos que querían ser enterrados en un lugar
sagrado, tasa que era más elevada cuanto más cerca se quería estar del altar.
En casos excepcionales, los más acaudalados vecinos podían incluso comprar un
gran espacio en el interior de la iglesia y erigir en él una capilla donde ser
enterrados junto a sus familiares.
Los que no podían permitirse el
pago de esta tasa eran enterrados junto a la iglesia, en el cementerio, lugar
también sagrado pero de menor categoría social que el interior de la iglesia.
En Tomelloso, este cementerio se construyó junto a la iglesia, en lo que hoy es
el principio de la calle Doña Crisanta Moreno, y permaneció en servicio hasta
que el tamaño de la población y el número de enterramientos practicados lo dejó
pequeño, debiendo habilitarse otro a la salida de la población, en lo que son
hoy los jardines de la Glorieta de María Cristina.
Los enterramientos en San
Francisco
Construida la Ermita de San Francisco en 1736 y puesta
en servicio al culto en enero de 1737, es de suponer que desde esa fecha en
adelante las personas devotas al Divino Rostro
de Dios (nombre con el que inicialmente fue conocida esta Ermita) desearan
ser enterradas en su interior.
Como el acceso a la Ermita se debía hacer por la calle Don Víctor (conocida en 1737 como calle
Real del Calvario), se dispuso que su orientación fuera hacia el oeste,
hacia poniente, situándose el altar en esa dirección y en contra del uso
canónico habitual, con lo que los cadáveres que hubieran de ser enterrados, que
lo eran mirando hacia el altar, tendrían la cabeza hacia el este, también en
contra del uso habitual de la época y tal y como han aparecido en la excavación.
El total de fosas de enterramiento aparecidas ha sido 46, de las que 4, las más cercanas a los
edificios, no han podido ser excavadas al haber sido destruidas antes de la
intervención arqueológica, encontrándose
en parte sepultadas bajo el bordillo del nuevo acerado. De las 42 fosas
excavadas se han recuperado restos de 70 personas (36 adultos y 34 niños),
la mayor parte de ellas completas, aunque con los huesos en muy mal estado de conservación.
Las fosas
se encuentran dispuestas en alineaciones transversales ocupando todo el espacio
de la nave de la antigua Ermita, en la que muy probablemente también fueran
hechos enterramientos en su cabecera y crucero. En la nave fueron 6 las
alineaciones que se hicieron de 8 fosos cada una, salvo la tercera que contó
con 9. La longitud y anchura media de las fosas es de 1,83 metros y 40
centímetros, respectivamente, y su profundidad de 38 centímetros, encontrándose
separadas unas de otras por unos 30 centímetros.
No han aparecido restos de lápidas ni de ataúdes,
entendiéndose que el enterramiento se hacía directamente en la fosa, la cual
era cubierta con tierra como única cerrazón. Los cadáveres se enterraban vestidos,
lo que ha permitido recuperar a los arqueólogos
elementos de su indumentaria como rosarios, cruces de cobre (todas del tipo
Cruz de Caravaca), pendientes, pulseras, alfileres y medallones.
Más de la mitad de las fosas sólo contenían un único
cuerpo, siempre un adulto, y en las demás aparece un adulto con uno o dos
niños, salvo tres fosas consecutivas que contenían los restos de 4, 5 y 8 niños, respectivamente. Salvo
en dos casos que se ha constatado que fueron enterrados los cuerpos
simultáneamente, en el resto se hizo en distintas fechas, pero sin modificar la
posición del cadáver anterior, lo que da idea de que tampoco había transcurrido
demasiado tiempo entre una fecha y otra.
Un hecho muy significativo de los hallazgos realizados es
que los cadáveres conservan la posición original de los brazos en que fueron
enterrados. La mayoría de ellos con los brazos cruzados sobre el vientre o el
tórax, y con las manos sobre los brazos o codos opuestos, o sobre los lados
opuestos de la pelvis. Aunque también, curiosamente, aparecen casos con las
manos sobre el pubis, sobre el corazón, o sobre el cuello, o combinaciones de
algunas de estas. Los niños, en cambio, aparecen bien mirando al este, bien al
oeste, siempre en un extremo de la fosa, y con las manos a ambos lados del
cuerpo en su mayoría.
Por lo demás, el caso más sorprendente es el de una persona que presenta
una pieza de cobre no definida sobre la cabeza, así como dos barras de hierro
de sección cuadrangular por el interior de la caja torácica y en paralelo a la
columna vertebral, barras que sin duda debieron introducirse en el cuerpo una
vez muerto, pero antes de la esqueletización.
El foso de fundición de campanas
Aparte de estos restos humanos hallados, el Informe de la
intervención arqueológica revela la
existencia de un horno para la fabricación de campanas, localizado en el sector
central de la nave de la Ermita.
Tiene planta circular y un diámetro exacto de 2 metros, con una profundidad máxima de 96
centímetros. En su centro se ha conservado la muela o planta sobre la que
fue construido el molde, la parte inferior del macho (con la impronta del diente y de la planta de la campana) y la base
carbonizada de la estaca vertical o barreta sobre la que pivotaba el peón de la terraja
La existencia de esta barreta demuestra que el molde de la campana fue construido
directamente en el interior del foso de fundición, y no en una plataforma
de moldeo independiente. Este sistema era el más frecuente en los talleres
provisionales de fundición itinerante, donde normalmente no se disponía del
sistema de poleas necesario para trasladar los moldes, una vez terminados,
desde la plataforma de moldeo al foso de fundición.
Del estudio de estos restos el equipo de arqueólogos ha
podido determinar el diámetro, peso aproximado y tipo de campana resultante.
Así, la campana debió tener
85 centímetros de diámetro y un peso de alrededor de 300
Kg, lo que permite considerarla como una campana de tipo medio. Pertenecía,
además, al tipo esquilón, por lo que se trataba de una campana de trazado largo
y hombro estrecho, que mantenía su grosor prácticamente en todo su desarrollo y
emitía notas agudas.
Este horno de fundición se construyó muy probablemente
nada más ser terminada la Ermita, entre
los meses de marzo a octubre de 1737, pues era en estas fechas cuando los
maestros campaneros llevaban a cabo sus actuaciones itinerantes, y con el
objeto de dotar de campana lo más rápidamente posible a la ermita recién
construida. En cualquier caso, ya estaba fuera de servicio y completamente
colmado con tierra cuando se llevaron a
cabo los primeros enterramientos.
Duración de los enterramientos
Los arqueólogos no saben a
ciencia cierta hasta qué fecha se realizaron enterramientos en el interior de
la Ermita de San Francisco, en cualquier
caso piensan que tuvieron que cesar en 1849 cuando gubernamentalmente se
prohibieron las inhumaciones en iglesias y cementerios que estuviesen dentro de
poblado, circunstancia esta que también provocó que en el Cementerio de la
Glorieta se dejase de enterrar a vecinos de Tomelloso y que se comenzara a
construir el actual Cementerio, inaugurado en 1861.
No obstante, Rogelio
Redondo Paulet, antiguo monaguillo de la Ermita de San Francisco, ha
comentado que a finales de los años 20 del siglo pasado el suelo
de la Ermita estaba por completo entarimado y que no había memoria
alguna de que en ese lugar se hubiera hecho enterramiento alguno. Por otra
parte, también he podido averiguar que durante buena parte del siglo XIX la Ermita estuvo abandonada, y
que sólo con su reacondicionamiento en 1898 volvió a ser abierta al culto.
Este
desconocimiento de las gentes de principios del siglo XX de haber sido usada la
Ermita como lugar de enterramiento, y el hecho de que los cuerpos hallados en las fosas indiquen que no hubo reutilizaciones en distintas épocas
de las fosas, hace pensar que San Francisco fue utilizada como lugar de enterramiento durante muy
pocas décadas, probablemente desde finales
de 1737 hasta principios del siglo XIX, o incluso finales del XVIII, que luego
fue abandona durante décadas y que, finalmente, ya terminando el siglo XIX y una vez restaurada y dotada de
un nuevo suelo de madera, fue nuevamente abierta al culto, olvidando su pasado.
De sus archivos, donde figuraría el nombre de los allí sepultados, no quedó
nada. La tarde en que ardieron las imágenes de la Parroquia de la Asunción,
también lo hicieron las de San Francisco, junto a sus respectivos archivos. La memoria de esos antepasados nuestros se perdió en la niebla
de la historia. Sólo un nombre, el de Francisco
García Castellano, a cuyas expensas se edificó la Ermita y que
presumiblemente se enterraría en ella, cerca del altar, es el único que puedo
aventurar para las 70 personas al menos
allí enterradas.
En cuanto al destino de
estos cuerpos exhumados, no será otro que formar parte de los fondos del Museo Provincial de Ciudad Real una vez
hayan sido siglados e inventariados. También están sirviendo de base para que
un antropólogo forense lleve a cabo
un estudio paleoantropológico sobre
ellos, el cual permitirá establecer la morfología de estas personas,
diagnosticar sus patologías, determinar su grado de parentesco, concretar su
modo de vida, así como compararlos con datos de otras necrópolis estudiadas de la Península Ibérica a fin de establecer las
distancias biológicas entre esta muestra y todas las demás poblaciones.
Gracias a este estudio se podrá responder
a preguntas tales como las siguientes:
¿Cómo era la vida cotidiana en Tomelloso en los siglos XVIII y XIX?, ¿cuáles eran las enfermedades más comunes
que padecían?, ¿qué tipo de curaciones y cuidados recibían las personas
enfermas?, ¿qué tipo de actividades realizaban en su vida laboral diaria?,
¿Provocaba su alimentación enfermedades carenciales, sobre todo en los
niños?... Por último, al calcular las distancias biológicas entre poblaciones,
se podrá calibrar el grado de aislamiento genético de estas diferentes
comunidades.
Nuestro legado histórico
H
|
oy día, a finales de 2006, de San Francisco ya no
queda nada, ni los huesos de los allí enterrados. Hasta 1936 fue una Ermita con
su horario de culto, con sus catequesis para los niños y con sus comuniones en
el mes de mayo. Luego, en unos pocos meses de ese año, el edifico
desapareció por completo, y junto a él algunos de los restos de los allí
enterrados. En su lugar quedó un gran anchurón que, con los años, incluso llegó
a ser ocupado por las sillas y mesas de una terraza de un local cercano.
Los vecinos de la zona, ante el temor de que ese suelo
sagrado pudiera ser alterado, violándose el antiguo lugar de culto, ofrecieron
al Ayuntamiento de Tomelloso en 1962 una cantidad de dinero para que lo
comprara a la Iglesia con la condición de que nunca se construyera en él.
Aceptada esta propuesta, al poco se realizó un jardincillo con su fuente, en
cuyas obras ya algunos restos humanos salieron de su entierro secular.
Circunstancia ésta que también se repitió en 1976, cuando al ir a fijar los cimientos del pedestal de la
estatua de El Obrero se encontraron huesos humanos, y más tarde en abril de
2005, hallazgo este último que ha dado lugar a la actuación arqueológica
que aquí he expuesto.
P
|
robablemente se
ha hecho lo que se tenía que hacer con estos restos: llamar a expertos para
proceder a su extracción y estudio, así como para indicar al Ayuntamiento de Tomelloso las recomendaciones a seguir para
preservar el horno de campana encontrado y las fosas vacías de los
enterramientos. Todo eso está muy bien y era así como había que actuar,
pero a mí, aún así, me queda un mal sabor de boca al ver cómo hemos tratado la
memoria de nuestros difuntos, cómo fuimos capaces de derribar y olvidar un
lugar de culto en el que generaciones de tomelloseros
oraron y levantaron sus súplicas, y en el que un buen número de ellos fue
enterrado esperando un descanso eterno.
Somos un pueblo sin memoria histórica, a lo más que
llegamos es a 80, 90 ó como mucho 100 años hacia atrás. Lo que fueron
anhelos y deseos para nuestros mayores, sus esfuerzos y orgullo, apenas hace
mella en nuestra forma de entender nuestro día a día, y si la hace, no lo
suficiente como para que luchemos por su preservación, salvo honrosas
excepciones.
Las
cuevas de nuestro pueblo, que miles de manos durante más de dos siglos vaciaron de tierra en nuestro
subsuelo, algo que hace único a Tomelloso
en el mundo, están desapareciendo a marchas forzadas. De los bombos, en apenas
7 años han desaparecido cerca de 50 de los 295 que había en 1999. Nuestras
chimeneas alcoholeras, protegidas por el
Pleno del Ayuntamiento en 1991, aún algunas se han derribado últimamente, las
más dañadas, precisamente aquellas que debían de haber sido restauradas como
tesoro que son. En 2001, el palacete
residencia de la familia Carranza (“la casa de doña Rita”), situado en el Paseo
de don Ramón Ugena, fue derribado, y también lo fue ese año la Ermita de San
Isidro, de 1893, que fue la que dio nombre al actual Paseo de San
Isidro. Hace poco, el brocal del pozo de
la venta vieja del Camino Real fue retirado con una pala mecánica para ser
llevado a la casa particular de un vecino de Tomelloso. Y de la Era del
Maestro, junto al camino de Santa María, donde poníamos la “pólvora” en la
Feria, ya casi no queda nada...
Nos escudamos en que Tomelloso no tiene historia, en que es un
pueblo joven, es la excusa perfecta, es lo que hemos oído una y otra vez. Pero
no es así, Tomelloso es tan antiguo como
Pedro Muñoz y Argamasilla de Alba, apenas 70 años más joven que Socuéllamos y,
por supuesto, más de dos siglos más antiguo que San Carlos del Valle.
Un ejemplo: la
antigua plaza de toros de Tomelloso derribada a principios de los años 70 del
siglo pasado, si hoy estuviera en pie, si en lugar de haber sido derribada
se hubiera restaurado, hoy día sería de las más antiguas
de España, pues se había construido en 1862. Si en Roma, y es una exageración,
al poco de ser abandonado el Coliseo de su uso público, sus gobernantes
hubieran decidido derribarlo porque ya no
se usaba, no tenía valor histórico y entorpecería el urbanismo de la zona, no
hubiera llegado a nuestros días con su legado de belleza e historia en sus piedras.
Para Tomelloso,
su Coliseo son sus bombos y sus cuevas, sus chimeneas y sus eras; nuestro San
Pedro es la Parroquia de la Asunción, San Francisco y la pobre y olvidada
ermita de Záncara; nuestros viejos talleres son las antiguas bodegas, el molino
de harina de San Isidro, los hornos de cal, las canteras, los palomares y los
pajares; nuestras villas rurales son las decenas de quinterías que jalonan
nuestros campos.
Estamos a un paso de perder buena parte de este legado, a
un paso de perder el Tomelloso que
nuestros mayores nos dejaron por no querer volver la vista hacia atrás, por
nuestra indolencia asombrosa, por nuestra desidia hacia el pasado.
ENLACE; AVIARIO LARA SEVILLA
ENLACE; AVIARIO LARA SEVILLA
No nos damos
cuenta de que el respeto al pasado no entorpece en nada el desarrollo de una
población, es más, lo que hace es enriquecerla a vista de los demás y, sobre
todo, a vista de sus propios vecinos. Si por el contrario lo derribamos todo,
Tomelloso ya no será único como lo era, con sus miles de cuevas, sus centenares
de bombos y su cincuentena larga de chimeneas, y cuando nos pregunten por
nuestro pasado diremos otra vez lo de siempre, que Tomelloso es un pueblo
joven, que no tiene historia, que no tenemos nada antiguo que enseñar ni
conservar.


Quedó inconcluso el artículo "ni ...."
ResponderEliminar