(De simples alquerías, a población).
Sé que a
casi nadie le
dice nada este
nombre, pero es
a este personaje
a quien debemos, en
última instancia, el
nacimiento de Tomelloso. Sin
él, probablemente, Tomelloso no
hubiera pasado de ser sino
otras caserías más como
las que había
repartidas, cada cierto
espacio, en La Mancha... Empecemos nuestro relato por
el principio. Francisco de Olivares
no era tomellosero. En realidad, no sabemos a ciencia cierta de dónde era ni
cuándo nació. Solo conocemos con rotundidad que vivió en el siglo XVI, en su primera mitad, durante el reinado del emperador Carlos V, y que tenía casa, mujer e
hija en Socuéllamos. En 1537 sabemos que
era alguacil mayor de Socuéllamos. Ese era
un cargo importante entonces. Algo
así como el jefe de la policía local. En esa época, no todo el
mundo podía acceder
a los cargos,
solo aquellos con
recursos suficientes y con influencia en el concejo podían aspirar a los
mismos. Eso ya nos dice algo sobre este hombre. Al año
siguiente, 1538,
este alguacil mayor, junto
a otros pocos
hombres que labraban en
el paraje del pozo
Tomilloso, le pusieron
un pleito al mayordomo de
la encomienda de
Socuéllamos. Recordemos que Socuéllamos y sus tierras pertenecían a
una encomienda, llamada en el pasado de la Torre
de Vejezate, y
a cuyo frente
se situaba un
comendador, título dado
como merced a personajes
importantes de la
nobleza castellana en pago
de sus servicios al Rey. El comendador de Socuéllamos
entonces era Antonio de Mendoza, si
bien no residía allí sino
que, tras haber
sido nombrado Virrey
de Nueva España
en 1535, residía ahora
en México, encontrándose al
frente de la
encomienda un mayordomo. Este
llevaba sus cuentas y exigía las obligaciones y derechos que le pertenecían al
comendador. Por esas fechas
existía un impuesto
que todo labrador
de esta zona
debía pagar: el
diezmo. La décima
parte de la
cosecha cogida en
tierras de la encomienda debía
ser entregada al
comendador o a
su mayordomo en su
nombre.
Así,
cuando a partir
de 1530 se empezaron
a labrar las
tierras alrededor del pozo
Tomilloso, los labradores debían pagar el diezmo de ellas al comendador a
quien pertenecían, esto es, al comendador
de Socuéllamos. Para hacerlo, ellos mismos, o carreteros a quienes
contrataban, llevaban el diezmo del pan cogido,
pues no era otra cosa la que se cultivaba
aquí trigo, cebada y centeno,
a Socuéllamos. Por supuesto,
esto suponía un
gasto considerable, además de
perder un día
entero de trabajo
si el que
lo llevaba era el propio
labrador.
En 1538,
como decimos, una
vez que las
cosechas de años
anteriores habían sido buenas, con el comendador Antonio de Mendoza en América y bajo la dirección
del antiguo alguacil mayor,
Francisco de Olivares,
los pocos labradores de
El Tomilloso decidieron poner
pleito al comendador, representado por
su mayordomo, para
que mandara recoger
el diezmo en Tomelloso y no
tener que llevarlo ellos a su costa a Socuéllamos.
El
pleito, sentenciado por los
alcaldes ordinarios
de Socuéllamos recordemos
que en esas
fechas actuaban como
jueces de primera instancia, les
dio la razón
a los labradores de
El Tomilloso. Pero
el mayordomo de la
encomienda no podía
consentir esto, así,
poco después de dada
esta sentencia, acudió
a la Audiencia y
Chancillería de Granada el tribunal máximo
de apelación para
los lugares situados
al sur del Tajo,
para apelar de la misma.
Esta apelación se extendió desde 1538 a 1545, con una primera sentencia
de ínterin que obligaba a llevar el pan cogido por los tomelloseros a Socuéllamos. No
obstante, lo más
significativo fue un
parón notable en
la misma ocurrido entre 1539 y
1544, quizás por
falta de recursos
para poder continuar
el proceso por parte
de los tomelloseros, pero
no por ello
para que se estuvieran cruzados de brazos. La
estratagema legal Tras ese parón, la línea de defensa esgrimida por esos
primeros moradores pasó a sustentarse
en los siguientes
puntos:
1º. Que Tomelloso había
sido lugar poblado en el pasado, como mostraban las ruinas que allí
había;
2º. Que había 30
vecinos al menos
viviendo en casas
dispuestas a modo
de calles esto estaba
cogido con alfileres,
estirando lo máximo
posible el número
de vecinos y haciendo
calles de lo
que solo eran
quinterías;
3º.
Que tenían iglesia con cura
donde se decía
misa y se
impartían todos los sacramentos, así como una carnicería
que los proveía de carne. La iglesia,
en realidad, era una pobre habitación, con techo de madera y las paredes sin
enyesar; el sagrario, una caja de madera; y la pila bautismal había sido pedida
a la vecina
Argamasilla de Alba
y traída en carreta
desde ella. El cura no era sino un teniente de cura del
de Socuéllamos, quien lo nombraba, y recibía
su salario en
especie de todos
los moradores de El
Tomilloso. En cuanto a
la carnicería, también
era un remedo
de una auténtica
carnicería para surtir de carne al vecindario, nombrándose su obligado
solo de un año a esa parte. Todo ello no
parece ser sino una triquiñuela legal con la que intentar ganar el pleito.
Así, Tomelloso, sobre el
papel, tenía los
servicios de cualquier
otro lugar poblado, un
número suficiente de
moradores y además
había sido población en el
pasado, como lo habían sido San Martín y
Manjavacas, donde el comendador,
por ese motivo,
iba por el
diezmo.
Por
tanto, en Tomelloso,
razonaba el abogado de los tomelloseros debería pasar lo mismo. El proceso
se reanudó en 1544,
pero, al final,
al año siguiente,
las pretensiones de los
tomelloseros fueron desestimadas
por el tribunal granadino. De
esta forma, y
hasta que mucho
más tarde se
autorizó la construcción de
una tercia en Tomelloso, el
diezmo hubo de
ser llevado a Socuéllamos
a costa de los tomelloseros. Pero,
independientemente de este
aparente fracaso, la
verdad es que la
infraestructura de aldea que Francisco
de Olivares había creado para ganar el pleito estaba
hecha. Es cierto
que la iglesia era
mínima y por
cura había un teniente
de cura; también
que la carnicería
era casi insuficiente
y que los vecinos eran solo un puñado, pero Tomelloso había nacido como
población. De Francisco de Olivares, con casa, mujer e hija en Socuéllamos, además de su quintería
en Tomelloso, la documentación no nos vuelve a decir nada desde 1544.
El
silencio se lo
tragó a él
y a su
memoria poco después
de lo narrado aquí.
Luego, muchísimos años
después, en los años ochenta
del siglo XX,
la profesora Ángela Madrid Medina
descubrió el pleito
en la Chancillería de Granada y
lo estudió por
primera vez. El
nombre de Francisco de
Olivares volvía de nuevo a la luz. Ahora, no tengo la menor duda, sé
que debemos a Francisco de Olivares que
Tomelloso pasara de ser unas simples alquerías, como tantas otras que había
en La Mancha,
a ser una
población. Y aunque
su pretensión de
no llevar el diezmo no triunfó, su idea de que Tomelloso era en realidad un pueblo sí
que lo hizo. Por todo esto, y no es para menos, creo que ya es hora de que le
rindamos el homenaje que
se merece a
este hombre, a
ese antiguo alguacil
mayor de Socuéllamos que,
sobre 1540, abrazó el
pensamiento de crear
un pueblo de unas
simples quinterías para
ganar un pleito.
Por lo menos
que nuestro homenaje sea
no tenerlo en
el olvido, que
sepamos, con nuestra
mayor admiración, a quién debemos el nacimiento de nuestro querido
Tomelloso.
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