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Tomelloso, Ciudad- Real ..., Spain

martes, 7 de junio de 2022

DON ELISEO

 

(EL ECO DEL SILENCIO)

Este artículo es de la Revista Pámpanas, Editado por la Asociación Cultural de Tomelloso en Madrid. Autor, A. Jiménez Crespo.


 Ramírez  Pozuelo  eran  sus  apellidos  pero  para  nadie eran necesarios porque su personalidad tan peculiar y su condición  quedaban  suficientemente  definidas  con  su solo nombre de pila. Don  Eliseo  era  D.  Eliseo  y  punto.  Cura  párroco  de  la Asunción,   entonces   la   única   parroquia   de   Tomelloso, cuando D. Agustín Moreno fue trasladado a Ciudad Real. Para  el  pueblo  él  era  un  cura  perfecto  y  reunía  todo lo que el pueblo pensaba que debía ser un cura: humilde, sencillo,      entrañable,  cercano.  Y  en  el  aprecio  que  sin duda se le tenía estaba el hecho de que, como había nacido allí, la gente le veía como algo suyo, como patrimonio del pueblo. Nadie  pronunció  jamás  su  nombre  sin  respeto.   Y aunque  nadie  así  lo  formulara,    parecía  que  se  tenía  derecho a él. Bondadoso,  tratable,  dueño  de  una  fina  ironía,  tenía siempre a mano una salida “graciosa”. “Tiene,  decían,  unos  golpes  catrales”, con  los  que    distendía  retraimientos  y buscaba la llaneza en la relación. Era   alto,   de   estupenda   estampa,   un poquito inclinado ya cuando yo lo conocía.   Caminaba   pausado   y   solemne,   la sonrisa    siempre  en  su  cara,  nunca  el gesto  adusto,  como  rasgo  definitorio  de su personalidad. Era familiar su presencia en las calles.  La  última  vez  que  estuve  con  él,  fue en  el  verano  del  59,  unos  tres  meses antes  de  morirse.  Estaba  ya  muy  enfermo.  Yo  le  tenía  verdadero  cariño,  era además  mi  párroco,  estaba  a  unos  meses  escasos  de  mi ordenación,  y  tenía  por  muy  cierto  que  era  la  última  vez que le veía. El encuentro fue en el jardinillo de su casa, y el diálogo se hacía muy penoso. Sus facultades mentales estaban ya muy deterioradas. Cuando me despedí, se levantó, me dio  su  mano  que  besé    y  no  pude  evitar  el  recuerdo  de cuando niños, al acercarnos a él para ese gesto tan reverente,  nos  daba  un “caponcillo  o  nos  tiraba  de  la “cerrita”.      

 No  fue  eso  que  decimos  un  cura  sabio,  si  es  que  la sabiduría  está  en  las  palabras.  Nadie  podía  recordar  un sermón suyo. Nunca habló en público; su fuerte no era la elocuencia  pero  en  él  había  mensaje.  Persona  callada pero  con  vida  dentro.  Todo  lo  que  hizo    en  su  vida  que fue  mucho  lo  hizo  sin  palabras.  No  se  podía  argüir  falta de  talento.  Era  señor  de  sus  silencios.  Encontró  el  modo de  decir  sin  palabras  y  de  hacer  sin  ruido.  Por  norma nunca mandaba a los demás: él hacía las cosas antes que mandarlas hacer.      

 Su  poco  hablar  no  era  indicador  de  sus  ignorancias. Lo  había  adquirido  con  tesón  y  era  manifestación  de  la vida  interior  y  de  piedad  que  informaban  su  existencia sacerdotal.  Impresionaba  verle  arrodillado ante  el  Santísimo.      

Su  tiempo  al  frente  de  la  Parroquia,  coincidió  con  la presencia  en  el  pueblo,  de  sor  Felices  y  el  P.  Pedro,  dos personalidades  notables,  de  grandes  cualidades,  nombres  para  la  memoria  colectiva  del  pueblo.  Actividad total  y    arrolladora  la  una  y  vasta  cultura,  elocuencia, juventud,  y  conocimientos  musicales  el  otro.  Eran  los suyos otros carismas que no oscurecieron el de D. Eliseo, ni lo pusieron en crisis.       

Con  la  prudencia  de  sus  callares  y  la  virtud  de  sus silencios cimentó un testimonio sacerdotal fecundo. Hizo  una  buena  labor.  Estuvo  a  la  cabecera  de  muchos enfermos, con la naturalidad del que hace un trabajo que conoce  y  ama.  Debajo  de  la  almohada  dejaba  siempre alguna estampa y unas pesetillas, si era el caso.    

 A   cuántas   personas   ayudó.   Cuánta   caridad   callada realizó en su vida. Más allá de lo que la gente podía pensar que era “lo suyo”, se le veía salir del cuartel de la Guardia   Civil   porque   su   intervención arreglaba situaciones. Si intervenía ante alcaldes  y  en  despachos  oficiales,  era para  sacar  de  apuros  a  los  pobres  que abundaban  en  aquellos  años  de  estraperlo y hambre, de trágica posguerra. Hasta  los  alejados,  tenían  una  opinión de la Iglesia y de la religión  muy buena, porque  D.  Eliseo  la  hacía,  a  golpe  de silencios  y  bondades  así  de  respetable. Curiosa   labor   la   suya   que   sin   gestos geniales  prestigió  tanto  el  mundo  de  lo sagrado.    

 Con  su  labor  tan  peculiar,  preparó  la tierra para muchas siembras. Nunca con menos  ruido  se  hizo  tanto  y  tan  decisivo  en  la  vida  religiosa de un pueblo.    Hasta  su  decadencia  física  fue  edificante.  Su    impulso vital,  lo  que  quedaba  en  él  de  su  vida  consciente,  ya  sin control  pleno,  le  llevaba  a  la  Iglesia,  a  su  confesionario...Nadie  se  atrevía  a  impedirle  que  celebrara  la  misa, necesitando  para  ello  la  ayuda  de  otros  sacerdotes  pues se desorientaba.    

 El  primer  día  del  año  60  murió.  El  pueblo  entero,  que ya esperaba el fin, se conmovió. Nadie decretó nada. Pero el  día  de  su  entierro,  no  abrió  el  comercio  y  la  vida  se paralizó.     

Cumplió  con  Dios,  cumplió  con  la  vida,  amó  y  sirvió  a su pueblo; prestigió la fe; honró el sacerdocio; con infinita humildad y sin apenas ruido, pasó haciendo el bien.


 Cuando  en  mis  visitas  a  Tomelloso  paso  por  delante de  su  casa,  que  milagrosamente  se  conserva  en  este tiempo  de  desaforado  urbanismo,  tal  como  él  la  habitó, no puedo evitar el recuerdo de aquel hombre de Dios tan venerable,  tan  querido  que  el  día  de  mi  última  visita,  yo en  la  puerta  y  él  allí  de  pie  en  el  jardinillo,  levantaba  la mano y creo que me bendecía. 

 Yo lo recuerdo de mi niñez en los años 50 que jugando en el “pretil” y por “la cruz de los Caídos”  y dejábamos nuestro juego cuando le veíamos pasar para salir corriendo y besar su anillo que nos ofrecía con una sonrisa, y con una “palmadita” en el “cogote”,  decía Gracias ser buenos y no pequéis, esa “palmadita” nos emocionaba a los chicos.

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