(EL ECO DEL SILENCIO)
Este artículo es de la Revista Pámpanas,
Editado por la Asociación Cultural de Tomelloso en Madrid. Autor, A. Jiménez Crespo.
Ramírez Pozuelo eran sus apellidos pero para nadie eran necesarios porque su personalidad tan peculiar y su condición quedaban suficientemente definidas con su solo nombre de pila. Don Eliseo era D. Eliseo y punto. Cura párroco de la Asunción, entonces la única parroquia de Tomelloso, cuando D. Agustín Moreno fue trasladado a Ciudad Real. Para el pueblo él era un cura perfecto y reunía todo lo que el pueblo pensaba que debía ser un cura: humilde, sencillo, entrañable, cercano. Y en el aprecio que sin duda se le tenía estaba el hecho de que, como había nacido allí, la gente le veía como algo suyo, como patrimonio del pueblo. Nadie pronunció jamás su nombre sin respeto. Y aunque nadie así lo formulara, parecía que se tenía derecho a él. Bondadoso, tratable, dueño de una fina ironía, tenía siempre a mano una salida “graciosa”. “Tiene, decían, unos golpes catrales”, con los que distendía retraimientos y buscaba la llaneza en la relación. Era alto, de estupenda estampa, un poquito inclinado ya cuando yo lo conocía. Caminaba pausado y solemne, la sonrisa siempre en su cara, nunca el gesto adusto, como rasgo definitorio de su personalidad. Era familiar su presencia en las calles. La última vez que estuve con él, fue en el verano del 59, unos tres meses antes de morirse. Estaba ya muy enfermo. Yo le tenía verdadero cariño, era además mi párroco, estaba a unos meses escasos de mi ordenación, y tenía por muy cierto que era la última vez que le veía. El encuentro fue en el jardinillo de su casa, y el diálogo se hacía muy penoso. Sus facultades mentales estaban ya muy deterioradas. Cuando me despedí, se levantó, me dio su mano que besé y no pude evitar el recuerdo de cuando niños, al acercarnos a él para ese gesto tan reverente, nos daba un “caponcillo” o nos tiraba de la “cerrita”.
No
fue eso que
decimos un cura
sabio, si es que la sabiduría
está en las
palabras. Nadie podía
recordar un sermón suyo. Nunca
habló en público; su fuerte no era la elocuencia pero
en él había
mensaje. Persona callada pero
con vida dentro.
Todo lo que
hizo en su
vida que fue mucho
lo hizo sin
palabras. No se
podía argüir falta de
talento. Era señor
de sus silencios. Encontró
el modo de decir
sin palabras y
de hacer sin
ruido. Por norma nunca mandaba a los demás: él hacía las
cosas antes que mandarlas hacer.
Su
poco hablar no
era indicador de
sus ignorancias. Lo había
adquirido con tesón
y era manifestación
de la vida interior
y de piedad
que informaban su existencia
sacerdotal. Impresionaba verle
arrodillado ante el Santísimo.
Su tiempo
al frente de
la Parroquia, coincidió con la
presencia en el
pueblo, de sor Felices
y el P. Pedro,
dos personalidades notables, de
grandes cualidades, nombres
para la memoria
colectiva del pueblo.
Actividad total y arrolladora
la una y
vasta cultura, elocuencia, juventud, y
conocimientos musicales el otro. Eran
los suyos otros carismas que no oscurecieron el de D. Eliseo, ni lo pusieron en crisis.
Con la
prudencia de sus
callares y la
virtud de sus silencios cimentó un testimonio
sacerdotal fecundo. Hizo una buena
labor. Estuvo a
la cabecera de
muchos enfermos, con la naturalidad del que hace un trabajo que
conoce y
ama. Debajo de la almohada
dejaba siempre alguna estampa y
unas pesetillas, si era el caso.
A
cuántas personas ayudó.
Cuánta caridad callada realizó en su vida. Más allá de lo
que la gente podía pensar que era “lo
suyo”, se le veía salir del cuartel de la Guardia Civil porque
su intervención arreglaba
situaciones. Si intervenía ante alcaldes y
en despachos oficiales,
era para sacar de
apuros a los
pobres que abundaban en
aquellos años de estraperlo
y hambre, de trágica posguerra. Hasta
los alejados, tenían
una opinión de la Iglesia y de la religión muy buena, porque D. Eliseo
la hacía, a
golpe de silencios y
bondades así de
respetable. Curiosa labor la
suya que sin
gestos geniales prestigió tanto
el mundo de lo
sagrado.
Con
su labor tan
peculiar, preparó la tierra para muchas siembras. Nunca con
menos ruido se
hizo tanto y
tan decisivo en
la vida religiosa de un pueblo. Hasta
su decadencia física
fue edificante. Su
impulso vital, lo que
quedaba en él
de su vida
consciente, ya sin control
pleno, le llevaba
a la Iglesia,
a su confesionario...Nadie se
atrevía a impedirle
que celebrara la
misa, necesitando para ello
la ayuda de otros
sacerdotes pues se
desorientaba.
El primer
día del año
60 murió. El
pueblo entero, que ya esperaba el fin, se conmovió. Nadie
decretó nada. Pero el día
de su entierro,
no abrió el comercio y
la vida se paralizó.
Cumplió con Dios,
cumplió con la
vida, amó y
sirvió a su pueblo; prestigió la
fe; honró el sacerdocio; con infinita humildad y sin apenas ruido, pasó
haciendo el bien.
Cuando en mis visitas a Tomelloso paso por delante de su casa, que milagrosamente se conserva en este tiempo de desaforado urbanismo, tal como él la habitó, no puedo evitar el recuerdo de aquel hombre de Dios tan venerable, tan querido que el día de mi última visita, yo en la puerta y él allí de pie en el jardinillo, levantaba la mano y creo que me bendecía.


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